La
Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica
y Sexual encuadra la problemática social de
la violencia doméstica desde una perspectiva
de género.
Trabajar
en violencia doméstica con una perspectiva
de género, implica reconocer y tomar en cuenta
los papeles y las necesidades específicas y
distintas de los hombres y de las mujeres, considerando
que las relaciones entre hombres y mujeres son definidas,
no por el sexo biológico, sino por las interacciones
sociales, culturales y económicas propias de
un contexto geográfico, ético e histórico
determinado.
Desde
esta perspectiva, las características humanas
consideradas “femeninas” y “masculinas”
son adquiridas, |
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culturalmente aprendidas a través de la socialización
y no pertenecen biológica o “naturalmente”
a uno u otro sexo. Se aprende a ser hombre y se aprende
a ser mujer. La cultura y su pilar privilegiado que
representa la familia, asigna las pautas de comportamiento,
los valores, gustos, limitaciones, responsabilidades,
actividades y expectativas de manera diferenciada a
mujeres y hombres. |
Los
sistemas de géneros están constituidos por
relaciones de poder, prácticas, creencias, valores,
estereotipos y normas, que las sociedades elaboran a partir
de la diferencia sexual. Así el género es
una categoría de análisis que permite pensar
los rasgos que cada cultura atribuye a lo femenino y a lo
masculino.
Para
comprender la violencia doméstica es indispensable
conocer y analizar las percepciones y valoraciones de las
personas, en torno a lo que significa ser hombre o ser mujer
y revisar los estereotipos de género existentes,
que siguen vinculando la idea de la superioridad del varón
respecto a la mujer y la creencia de que él tiene
el derecho a utilizar la fuerza, para mantener su dominio
y control en el ámbito familiar.
Consideramos
que la violencia doméstica y sexual es un grave problema
social, que atenta contra la Salud Pública y los
Derechos Humanos e inhabilita a quienes la sufren a participar
en los procesos de desarrollo y a ejercer plenamente la
ciudadanía.
Los niños, niñas y adolescentes se encuentran,
al igual que las mujeres, en una situación de desequilibrio
de poder en el ámbito familiar, al estar inmersos
en una sociedad que privilegia la autoridad y el poder de
los adultos sobre ellos/as. La creencia y valoración
social de que los hijos son propiedad de sus padres aumenta
la situación de dependencia, sometimiento y vulnerabilidad
a ser objetos de violencia dentro del hogar.
El
trabajo en una perspectiva nueva de la masculinidad que
determine roles sociales diferentes para los hombres es
también un desafío para nuestro trabajo, encaminado
hacia nuevas formas vinculares entre hombres y mujeres,
niñas, niños y adolescentes, donde la violencia
doméstica no sea un factor que atente contra el pleno
desarrollo de las familias e individuos que componen nuestra
sociedad.
La
violencia doméstica implica una relación de
sometimiento y dominación cotidiana, que menoscaba
toda posibilidad de las personas que lo viven de constituirse
como sujeto de derechos, provocando una perdida del control
sobre sus vidas, inhabilitando la potestad de incidir (o
tener cierta injerencia) en los procesos de desarrollo de
su comunidad y/o entorno inmediato.