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A partir de esta idea de propiedad, se sienten con derecho a controlar y ejercer su autoridad sobre la vida de otra persona, por medios que pueden ir desde la reclusión en el hogar, el control de sus actividades, imposiciones arbitrarias, ataque a su autoestima, degradación psicológica, humillación, amenazas, chantaje económico, desconocimiento de sus necesidades y derechos , entre otras formas de apropiarse de la vida de la persona destinataria.

La práctica de ejercer violencia contra otras personas para dominarlas es una vieja historia que viene acompañando a la humanidad, ya sean las guerras de unos pueblos contra otros, o a nivel privado y menos visible, las prácticas violentas de unas personas contra otras. Tienen en común la búsqueda de la dominación y el control del otro por medio de la fuerza, que en las relaciones individuales puede ser física, emocional o económica, y adoptar múltiples formas, desde la amenaza y la intimidación, hasta el homicidio.

En esa pugna no gana necesariamente el más fuerte, sino el que puede más, y como en la sociedad no todos tienen el mismo poder, los miembros más vulnerables de la sociedad son potencialmente dominables por los que tienen más poder, y lo mismo puede suceder en las relaciones personales.

A nivel familiar se repiten las desigualdades de poder que se dan en la sociedad. Los que tienen más poder físico, económico o simbólico pueden controlar a los que tienen menos. En la familia como en la sociedad, las personas más jóvenes, más viejas, más pobres, más desprotegidas, sufren las consecuencias de tener menos posibilidades de decidir para que las cosas se ajusten a su conveniencia, porque eso lo deciden los que tienen más poder en los campos económico, político, cultural, social, y muy especialmente poder simbólico.

El poder simbólico surge de que la persona dominada y la dominadora comparten un conjunto de conocimientos, valores y creencias que hacen aparecer esa dominación como natural. Al incorporar en su vida la lógica de la dominación, las personas dominadas, sin saberlo ni quererlo, incorporan la visión del mundo de los dominadores, y se hacen cómplices involuntarias del orden social vigente, en el que les corresponde el lugar de dominadas, subordinadas, secundarias. Se ejerce así un poder que radica en lo simbólico, en cómo se entiende el poder y el derecho a ejercerlo.

A las mujeres, aún cuando individualmente no sean débiles, simbólicamente se las define y coloca como “colectivo al margen del poder”. Los espacios donde se elaboran las decisiones trascendentes no están destinados a ser ocupados por “las mujeres” como grupo de poder, aunque a algunas mujeres se les permite ocasionalmente ocupar lugares en los grupos que ejercen mayor poder, especialmente en el campo político y de la administración.

Por el hecho de integrar un colectivo con menos poder simbólico que otros, las mujeres están en situación de más vulnerabilidad y son más pasibles de ser objeto de violencia en muchas situaciones, que van desde los arrebatos y diversas formas de violencia sexual en la calle, hasta la violencia en la relaciones privadas.

Visualizar el amplio abanico de riesgos que mencionamos, tanto fuera como dentro de la familia, ayuda a comprender que ser mujer es un factor de riesgo en relación a la violencia.

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