Mitos que sostienen la violencia doméstica:

El hogar y la familia son los lugares más seguros. Realidad: contrariamente a la visión idealizada de la familia como un lugar de apoyo y amor, las niñas y las mujeres corren más riesgo de violencia en sus propias casas que en la calle, ejercida por una persona cercana más que de una persona desconocida.

Es normal que el hombre golpee a su compañera en determinadas circunstancias. Realidad: la violencia es una violación a los derechos humanos, no hay situación que justifique la violencia hacia otra persona.

La violencia es un problema privado entre dos adultos. Realidad: la violencia doméstica es una violación de derechos humanos, cambiar la situación involucra a todas y todos.

Los casos de violencia doméstica son escasos, no es problema grave. Realidad: hasta hace algunos años la violencia hacia la mujer permanecía oculta, dentro de las paredes del hogar. Diferentes estudios señalan que entre el 10% y el 50% de las mujeres experimentan durante su vida violencia por parte de su pareja.

Las mujeres también maltratan a sus parejas hombres y a sus hijos e hijas. Realidad: cualquiera de los miembros de una pareja puede ser la víctima del maltrato, pero diferentes estudios coinciden que las víctimas de la violencia doméstica son las mujeres: el 2% corresponde a violencia hacia el hombre, 23% se ha definido como violencia cruzada y el 75% corresponde a violencia hacia la mujer. Cuando la violencia viene desde la mujer generalmente se trata de autodefensa y comúnmente tiene pocas consecuencias o éstas son menos graves para el hombre.

La conducta violenta es innata en los hombres. Realidad: la violencia es una conducta aprendida en el funcionamiento social, en una cultura que la acepta como una manera válida de resolver conflictos. Sin embargo, no todos los hombres son violentos.

Las mujeres que son o han sido golpeadas “se lo han buscado”, “hacen algo para provocarlo”. Realidad: aunque la conducta de una mujer provoque el enojo de su pareja, esto no justifica que se la maltrate. La conducta violenta es responsabilidad siempre, total y absoluta de quien la ejerce, es el camino que el violento elige.

Los actos de violencia son hechos aislados. Realidad: una vez que se instala el ciclo de la violencia, los actos de violencia se repiten, son progresivos y producen daños sostenidos.

La violencia es un problema de los sectores pobres. Realidad: la violencia hacía la mujer se da en todas las clases sociales y niveles culturales.

Los hombres violentos tienen alguna enfermedad mental. Realidad: si bien algunos hombres presentan alguna patología psiquiátrica, la mayoría de los hombres violentos ejercen lo que creen es su derecho natural de dominio y no presentan signos de alteración mental diagnosticables.

El abuso psicológico y emocional no es tan dañino como el físico. Realidad: las mujeres víctimas de violencia doméstica manifiestan que la humillación y el abuso emocional provocan un daño mucho más profundo y duradero que la violencia física.

La culpa de que los hombres le peguen a su pareja es el alcohol y la droga hacen que los hombres golpeen a sus mujeres. Realidad: no todos los hombres que consumen alcohol o drogas maltratan a sus parejas. Muchas veces adjudican la responsabilidad de la violencia al alcohol, en un intento de disculpar una conducta que de otra manera resulta inaceptable. El alcohol y las drogas desinhiben y facilitan las conductas violentas, pero no las causan.

La mayoría de las mujeres maltratadas nunca dejan a sus agresores. Realidad: los estudios muestran que el 70% de las mujeres que reciben atención y orientación especializada, terminan abandonando al agresor. A veces, la esperanza de que el hombre cambie, el miedo, la inseguridad y la dependencia económica, hacen que posterguen su decisión.

Si la mujer abandona a su pareja violenta la violencia se termina. Realidad: en algunos casos es así, pero en otros la separación del agresor puede provocar más violencia.

A las mujeres les debe gustar que las maltraten, de lo contrario abandonarían a sus parejas. Realidad: existen múltiples razones emocionales, sociales y económicas para que las mujeres no abandonen a sus agresores. Los sentimientos de vergüenza, miedo e inseguridad hacen que la mujer postergue el pedido de ayuda, pero esto no significa que le guste que la maltraten. Muchas personas creen que vivir en pareja es lo único posible para la mujer y que no lograrlo es fracasar en la vida. Vivir en pareja es muy bueno, si ayuda a vivir bien a sus integrantes, pero si hay violencia, es todo lo contrario destruye. Resignarse a vivir con una pareja violenta es una muy mala opción.

El mito de la culpa. La idea de que la armonía de la familia depende de la mujer, lleva al error de sentirse culpable de todo lo que anda mal. La familia depende de lo que todas las personas pongan de sí para el bienestar común y una persona no puede hacer milagros por sí sola si la otra parte no empuja en la misma dirección.

El mito de la familia normal. En nuestra cultura predomina la concepción de la “familia normal”, formada por papá, mamá y los nenes. Las familias divorciadas o las encabezadas por madres solas, quedan por fuera del modelo. No importa tanto cómo está integrada la familia, sino su capacidad de dar afecto, cuidado y protección a sus integrantes y transmitir valores a los hijos/as.

El mito de la protección. Se dice que la familia es el refugio protector de sus integrantes, pero la realidad de la VD muestra que no siempre lo es. Muchas mujeres sacrifican su propio bienestar por “no separar a los hijos del padre”, sin ver lo dañino que puede ser un padre violento.

El mito de la abnegación. Las mujeres se sienten responsables de cuidar a los otros pero no de sí mismas. Pero no saben cómo frenar a una pareja que sigue sus impulsos violentos sin considerar las necesidades de los demás. Las mujeres no somos solamente esposas y madres, también somos personas.

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